Cíclope





-No te caigas Niní, pues te vas a desarmar- ese fue el consejo de Phillipe.

Las películas sólo sirven para que recuerdes. Todas las historias son las historias de todos. La literatura es absurda e inocente, las películas son crueles. “Las cosas en el mundo material sirven para algo, pero sólo sirven” palabras de Phillipe. El mundo de Niní era un poco más complejo que eso. Phillipe y la concha de su madre.

Niní detesta el servicio pero lo necesita (otros de los verbos que le cagan la existencia a varios desesperados). No hay nada peor que parecerse a la ex de Phillipe. De hecho sí hay algo peor: tener que contener la rabia de Phillipe por no ser exactamente la ex mujer. Encima de soportar la obturación de su desamor debía contener al cíclope de su bronca por no ser la mujer de su vida. Que Phillipe sea un estúpido la convierte a Niní en una sometida al servicio de este megacultural proyecto llamado “Mundo real”. Bienvenida a la miserable experiencia de perder el brío. Su espíritu gallardo había perdido forma y se derretía a cada paso que daba. Sepan que derretirse es un acto turbado.

Niní intento refugiarse en el barquero de la estación Liniers, aquel que fuera padre de su primer hijo, aquel hijo que vivió un mes y catorce días, aquel hijo que se llamaba… no importa. El amor es ese espacio grande, inmenso, coloso, sin paredes, ese espacio que te cobija. El amor es esa mirada que no se despega, esa mirada que trasciende el miedo, el amor es saber que no nos iremos de aquí con las manos vacías.

Por supuesto que Niní se desarmó y se hizo pedazos. Pero ahora es una mujer multiplicada, no está sola, está con todas ellas -ellas que también son Niní-.


(nunca te olvides)


El barquero



(foto tomada de lahuida.blogspot.com)



Niní estaba con los pies en el agua robusta, salada, revuelta. Su boca estaba hermética hacía ya una semana. Todos creían que se había vuelto autista. Para los desesperados no hay nada peor que no les hables. El mayor consejo que le dieron a Niní se lo dio un Romano llamado Emanuelle: “Nunca creas que eres lo que los demás dicen que eres, pués te estarás equivocando”. A pesar de que era un consejo tenía bastante sentido. La gente suele abrir demasiado la boca y el pensamiento para definirte y después les chupas un cuerno. Niní hermética, en tierras de sal, recordaba a un gran amor, un amor que llevaba dentro. Cuando Niní sentía dolor se iba al mar para poder llorar. Le resultaba placentero llorar frente al mar, de esta manera todo regresaba a su origen.

Niní había tenido un amor que armaba barquitos de papel. Lo conoció en una cafetería de la terminal de Liniers. Él hizo un precioso barco de servilleta para ella, luego sacaron dos pasajes a Mar de Ajó y fueron a lanzar el barquito al mar. Es muy difícil echar a andar un barco de papel en las robustas aguas saladas pero ellos se metieron bien adentro y lo lograron. El Barquero era madera y agua, tenía ojos roble claro y piel sudada. A Niní le encantaba la pancita que llevaba como balcón, pancita que se componía principalmente de asado y vino tinto. Se quedaron con el barquero en Mar de Ajó un mes y luego volvieron a Buenos Aires, pues él debía seguir haciendo barquitos de papel en la cafetería, esa era su misión para ese entonces. Al mes y medio Niní notó que se le había asomado una pancita balcón a ella también, pues estaba engendrando. Al poco tiempo perdió el embarazo y ellos no volvieron a intentarlo. Pasaron dos años, la monotonía y las confusiones comenzaron a tragarse este gran amor. Violentamente, toda la ternura quedo arrasada, tanto que Niní llegó a pensar que los barcos de papel eran una pelotudes bárbara y el barquero llego a creer que Niní no tenía poderes verdaderos. Se perdieron de vista.

Ahora Niní cada vez que puede lo llora desde alguna costa, pues todavía lo sigue amando al igual que el Barquero a ella. Lo que es más admirable del amor es que cuando se transforma se enriquece. Pero a veces en su transformación se hace invisible por un largo tiempo.

Niní estaba con los pies en el agua robusta, salada y revuelta de Santa Teresita. De repente un barquito de papel llega hasta ella. El barco estaba seco y decía: ¿Querés tener una pancita balcón conmigo?





Cliché




No pienso escribir acerca de ti,

ni acerca de lo que todavía no sentí.

No puedo escribir todo lo que me enseñaste,

ni como me conquistaste en momentos de precipicios.

No puedo hablar de cuando como un ángel me decías lo que debía hacer,

ni de cómo me dejabas en chispa con tu humildad.

No voy a contar a todas las personas que representas en mi vida.

Ni sueñes que voy a escribir de cómo convertiste a la música en el hombre,

ni cómo luego de escuchar tus discos afirmé que eras mejor persona que músico.

No voy a escribir de cuando me mimaste piropeando mis sombras,

ni de cuando vos no tenías idea.

No pienso decir hoy que eras un obrero del cosmos,

no escribiré que tu no sabías,

no escribiré que fuiste elegido.

Nada de eso haría en un día como hoy.

Sólo puedo respirar y percibir con todo mi cuerpo

observar, leer, escuchar

todo lo que el cosmos logró a través tuyo

Sólo puedo respirar y sentir que hiciste un espléndido trabajo

Sólo puedo sentir que si bien no eres nuestro padre

algo has cuidado,

algo muy importante.


Y no te agradezco más porque me parece un cliché

que quiere decir “lugar común”

que es seguramente donde hay más gente

que es seguramente donde hay más amor

que es seguramente tu lugar.





Nada más...

Me has resucitado muchas veces, gracias...

L´Hermite



¿Hay alguien ahí? El ermitaño pregunta desde cualquier reflejo posible. Es preferible no escaparle al encuentro con el ermitaño, pero es casi imposible no desesperar ante su presencia, entonces me refugio en el Unicenter para perderlo de vista.

Mirame, yo estoy con vos para saber quién soy yo. Definí mis límites, describime lo mejor posible ¿Cómo se siente tocarme u olerme? Necesito saber quién soy. Los demás están conmigo por lo mismo. El ermitaño me mira tiernamente pero no accede a mis pedidos. No se acerca, sólo me mira tiernamente.

Yo, en el Unicenter, rodeada de ruidos desesperados. El ermitaño que parece venir a hacerle una cruel pregunta a la humanidad ¿Y qué hay si en verdad no hay nadie aquí? Si ya nos hemos extinguido… ¿Y qué si el hombre ya no está aquí? Y qué si ya lo arruinó todo. Este anciano viene a convencernos de que ya hemos perecido hace mucho tiempo por más que sigamos andando. Quizá seamos como las estrellas que vemos en el cielo, las vemos claro, pero que se han apagado hace mucho tiempo. Quizá la humanidad se cree que existe y el ermitaño viene a anunciar que estamos todos muertos o perdidos –que no es lo mismo pero es igual-.

El ermitaño espera mi respuesta ¿Hay alguien ahí? Él no se convence, él no quiere saber quién soy yo ni tocarme, él quiere saber si verdaderamente soy alguien, si tengo la valentía para serlo. Me aterra coincidir con este tipo y me meto en el Unicenter para perderlo de vista.





Último deseo


(Fotografía de fotosmontt.com)

Niní ha decidido morir con la mano en el corazón y es por eso que no se la quita del pecho nunca. Esto le genera problemas motrices y complicaciones varias. No puede hacer nada que le implique la utilización de sus dos manos. Jamás se quita la mano del pecho, es que Niní no sabe cuando va a morir.

Lo bueno de esto es que: algunos galancetes la acompañan cargándole las bolsas de las compras; en los gimnasios se libera de hacer abdominales o fuerza de brazo (por una cuestión simétrica), se depila una sola axila, no abraza a nadie, y cuando se encuentra en ciertas dificultades en vez que se la trague la tierra se coloca la otra mano en el pecho y se hace la muertita. Lo mejor de todo es que la gente siempre le cree a Niní todas las cosas que dice, incluso las que son mentiras obvias o alocados inventos, ella siempre comienza sus historias con la conocida y bien ponderada frase “te lo digo con una mano en el corazón” (mientras que con sus ojitos aceituna señala su pecho).

No todo es color de rosa, las ideas que se llevan a la acción producen algunos contratiempos, en el caso de Niní: Pierde bastantes colectivos, no corta los alimentos con cuchillo sino que utiliza sus propios dientes para hacerlo, come empanadas en exceso por su fácil manipulación, no puede conducir automóviles sin chocarlos, no salta a la soga (a no ser que tenga un poste o un árbol cerca), y se le impide la ejecución de algunos instrumentos musicales.

En el sexo una mano menos resulta un problema para los hombres. Siempre hay alguno que se queja y quiere que ella se deshaga de esa “obsesión” (así la han llamado varios irrespetuosos). Muchos la quieren convencer de que no es posible morir durante el acto sexual. Una gran mentira, ya que es muy probable morir en medio de un coito, sobretodo si al mamerto se le ocurre realizar posiciones de riesgo como la de “la suricata en el ventilador”. Por este motivo Niní decide –luego de varios hechos bochornosos- no tener sexo con ningún hombre que la induzca a quitarse la mano del corazón.

La vida de Niní podría cambiar si alguien le predijera el día de su muerte, pero como eso no ha sucedido aún, ella mantiene la palma en el pecho bien cerquita de eso que late.