Depredador



(Foto: J. Morelli)




Época de las hojas


Incluso siendo otoño, la época de las pérdidas por demás, Niní comenzó a coquetear con los lugares de los que ya no se vuelve.
Niní siempre fue una mujer expeditiva, la conozco desde que vivía en la avenida Juan B. Justo. Pasaba los días metida en su departamento investigando las plantas del patio. Amaba los muzgos, esos eran los más difíciles. Siempre apostó fuerte, casi siempre perdió fuerte. Ella prefería poder contarle algo nuevo a su padre en vez de estar llevando una vida normal llena de relaciones, tuco y colores combinables. Era expeditiva, quizá demasiado. Una vez descubierta la cosa que investigaba, Niní sentía un gran vacío, quizá como el espacio que hay entre la rueda y el eje, quizá como el espacio que hace que algo cumpla su función. El peor momento es el más esperado, decía su padre.
No es bueno estar bajo control en otoño. Otoño es una estación para dedicarse a perder. Eso es lo que hizo Niní en el tiempo de las hojas. Perdió la forma de definir su historia, perdió datos importantísimos acerca del dolor, perdió la oportunidad de contar secretos, perdió el encuentro con su verdadero amor en un supermercado chino, y, lo peor de todo, es que se quitó lo que era de ella (algo así como robarse a uno mismo, una verdadera canallada).

3 comentarios:

  1. Suele ocurrir que lo vivido de esta forma, un poco a contramano de las convenciones pero viento a favor de los propios deseos, otro poco fuera de foco, un poco demasiado intenso y otro poco demasiado cerca de la banquina, termine así, con una canallada, una injusticia o un accidente.
    La vida tiene esas parodias de si misma, esa caricatura que si fuera ficción nos daría risa pero al ser real, nos da más bien un chucho de frío por la espalda.
    Y más si ocurre en otoño, época de sensibilidad extrema...

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  2. Robarse a uno mismo, arrancarse lo propio. Un encanto.

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Te escucho soy Luisa Delfino